Inicio Foro Arte, Novelas y Relatos Flor De Liz Martínez "Perséfone" págs. 36-51

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    COLEGIO DE SOFÍA
    La bibliotecaria tetona estaba de licencia. En su lugar, atendía la biblioteca una señora algo mayor, que usaba unos lentes recetados enormes montados en un armazón plástico de color verde, y que era muy amable con la niña Sofía, dejándola estar en la biblioteca a cualquier hora, todo el tiempo que ella quisiera. Estando allí, Sofía leía con mayor silencio y tranquilidad que estando en la escalera del patio, los libros que Santana le llevaba cada lunes, miércoles y viernes, días en los que daba clases de Historia en su aula.
    Fue justo ese viernes, mientras caminaba hacia la biblioteca, cuando al cruzar a través del estrecho patio atestado de colegiales, se fijó en un pequeño alboroto hecho a cierta distancia de ella por unas niñas de su curso que felicitaban muy efusivamente a otra niña, con fuertes abrazos, muy alegres por demás. La niña Sofía sintió algo, algo que tiene nombre, y de lo que la gente habla con ligereza y en demasía. Un sentimiento bastante trivializado y burdarizado por las masas. Sintió envidia.
    ¡Quisiera uno estar fuera! (J. W. Goethe)
    Ya en la biblioteca, se dispone a terminar Los caballeros de la antorcha, sin percatarse de que Santana hacía unos minutos ya estaba sentado a su lado.
    -Sí que sabes concentrarte bien.- Le dice, haciéndose de su atención.
    -¡Ah! ¡Hola! No lo vi cuando llegó.-
    -Lo sé. ¿Y cómo vas con ese libro?-
    -Ya terminé de leerlo. Ahora estoy leyendo las notas al pie de las páginas… ¿Sabe? En este libro me sentí identificada con los dos personajes malvados.-
    -¿Ah sí? ¿Por qué dices eso?-
    -Pues… porque así lo sentí. Creo que me parezco a ellos. Al igual que ellos, quiero tener poder, y destruir a quienes me hagan daño.-
    -No necesariamente eso te hace igual a ellos, Sofía. Eres una niña buena, es sólo que te siente vulnerable en un mundo muy violento. Eso es todo.-
    Señor recibe a esta muchacha […] que ahora se presenta ante Ti […] sola como un astronauta frente a la noche espacial (E. Cardenal)
    Santana la entendía. Él casi podía mirar dentro de su corazón, y leerlo como un libro abierto. Y ella se sentía aliviada de no tener que cargar sola con sus ideas, sus pensamientos y sus dudas, sino que ya tenía un amigo con quien podía compartirlas, como el Edmundo Dantés de El Conde de Montecristo, cuyo amigo más fiel era el ex-pirata Santana, quien juró protegerlo de todo, incluso de sí mismo.
    -Yo no soy una buena persona, sólo tengo a mis perros bien atados. Y cuando alguno se suelta, usted me ayuda a amarrarlo. Así es como me protege de mí misma, y de los perros de mi Hades… Usted es mi Santana, como el Santana de Alejandro Dumas.-
    -No soy nada de eso mi niña, sólo soy un instrumento de Dios…-
    -¡Dios no me presta libros! Dios no se sienta a conversar conmigo. A Dios no le importa lo que me pase, o si me siento sola. Dios no es como tú, así que no lo defiendas. Él no es más que un gran titiritero que se divierte viendo cómo la humanidad enfrenta toda clase de agonías y penurias, sin hacer nada para evitarlo, al contrario, más bien incita a los hombres al fanatismo y los convence de cometer toda clase de brutalidades los unos con los otros.-
    Tengo odio a todos los dioses (Prometeo)
    -¿Estás enojada con Dios?-
    -Sí. Antes sabía rezar, y le hablaba, pero ya no le hablo. Y usted, ¿estaba enojado con Dios cuando abandonó el seminario?-
    En efecto, todos en el colegio se habían enterado de que Santana, cuando era joven, iba a ser sacerdote. Esto debido a que los alumnos del curso de Sofía presentaron al Padre su desacuerdo de que les impartiera clases de Historia un profesor que apenas era técnico superior en Redes. Él podía ser profesor de Informática, alegaban, pero no de Historia. El Padre entonces les respondió que antes de ser técnico, él se había hecho doctor en Filosofía, además de haber estado en el seminario católico durante varios años. Y eso fue todo, fin de la discusión.
    -No, no se trataba de eso.- Le respondió. -Más bien, medité al respecto de si continuaba en el seminario porque aún deseaba ser sacerdote, o si lo hacía porque me había acostumbrado a la vida de seminarista. Y concluí que ya estaba allí por costumbre, así que lo más sabio era marcharme.-
    -Ya veo… ¿Seguro que no lo dejó por las mujeres?-
    -¡Qué va! Mujeres hubo siempre: antes, durante, después… ¿Dije durante? No, durante no.- Guiña el ojo y saca la lengua, haciendo a la niña reír. –Acerca de eso, Sofía, quería preguntarte,- le dice luego de un momento, en un tono más serio –¿qué opinas de mí, como profesor?-
    La niña, por un instante, no dio crédito a lo que escuchó, y se sintió henchida de orgullo al saber que, para él, era importante su opinión. Nunca antes nadie, hasta ese momento, había dado mérito alguno a lo que ella opinara o pensara, y no pudo haber recibido halago mayor.
    -¡Usted es el mejor profesor!- Le dijo emocionada, mirándole a los ojos y sin titubear. –Y es justamente por eso que todos los niños aquí lo detestan. Pero no les preste atención. Recuerde que, como decía E. C. Alben, ni la verdad ni la mentira son democráticas, no dependen del número de seguidores… Y a mí usted me agrada mucho, es mi profesor favorito. Eso cuenta, ¿no?-
    -Por supuesto, Sofía. Gracias por decirme todo eso.-
    -Gracias por preguntármelo. Se siente bien que alguien se interese por mi opinión. Nunca antes me había pasado… Pero sobre lo que hablábamos, ¿entonces usted nunca se ha enojado con Dios?-
    -Claro, en varias ocasiones.-
    -¿Y por qué no le da la espalda al muy bastardo, como Él se la ha dado a usted tantas veces?-
    -Porque es el mejor de los bastardos.-
    Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos (A. De Saint-Exupéry)
    Sofía quisiera responderle, pero no sabe qué. Quiere elaborar un argumento, un sofisma, algo con qué aplastar de manera inminente la alegría honesta de su fe. Sin embargo, reconoció en su pequeño y joven corazón el silencioso y suave ebullir de este nuevo sentimiento de envidia, para el que hacía apenas unas horas era ignara.
    -Lo envidio. Esa es la verdad.- Confesó. Sofía posa su mano pequeña sobre la de él, mucho antes de percatarse de que era la primera vez… Y entonces la retira apresurada. Sin dudar, al fijarse en esta acción, Santana toma esa misma manita entre las suyas, como quien paga un rescate.
    -¿Envidiarme por qué?- Le preguntó, mirándola a los ojos. Sintió su manita fría, e instintivamente la frota.
    Yo soy el canto cuando estoy pensando (M. Del Cabral)
    -Porque ha sabido perdonar a Dios. Por ende, usted es feliz… ¿Qué Dios le hizo cuando se enojó con Él?-
    -¿Qué te hizo Dios a ti?- Sofía inclina la mirada, porque aunque sabía perfectamente qué responder, no quería hablar de ello. Santana aprovecha este instante de distracción, sin querer y queriéndolo, para mirar hacia la bibliotecaria y constatar si ésta les observaba, soltando al mismo tiempo la mano de Sofía.
    -El recreo está a punto de terminar…- Le dice la niña, evadiendo su pregunta.
    -Tienes razón, debo irme.- Él le sonríe y aprieta la punta de su nariz.
    Se marcha.
    Consumido por más fuegos de los que he encendido… (el poeta)

    ***

    Es mediodía. Sofía es siempre la última en salir del colegio, ya que le causa un secreto placer esta sensación de paz desolada y perezosa que le provocan las calles largas y vacías. A la salida, Santana trata de administrar sus manos para así poder cargar con su maletín, sus libros y ese objeto extraño y negro que asemejaba una casita, y al que Sofía se acercó presurosa con curiosidad infantil.
    -¿Qué es eso? –Pregunta la niña, casi metiéndose adentro.
    -Pues un tinaco.-
    -¡Qué chiquito! ¡Mira, yo lo puedo cargar!-
    -No, no lo cargues sola, dame acá.-
    Pero no, ella no se lo dio, así que él no tuvo más remedio que ayudarla a llevar feliz aquella cosa por la calle. Sólo les tomó cruzar la esquina para llegar hasta su casa.
    -¡Qué cerca vives! ¿No te molestan los otros niños?-
    -Sí, es agotador, me saludan todo el tiempo, cada vez que pasan por aquí me gritan “¡adiós profesor!”.- Responde entre risas. Al entrar a la casa, Santana se disculpa por todos los juguetes tirados en el piso, como si a Sofía le fuese a importar aquello. En realidad, no le importaba en lo absoluto: su casa parecía una casita de muñecas, como las que presentan en los comerciales de televisión para navidad, pero ésta era real, con sus mueblecitos pequeños reales, su mesita de centro real, su sala pequeña, su espacio pequeño, donde vivía una persona de verdad, no una muñeca, sino una persona real.
    Ai posteri l´ardua sentenza (A. Manzoni)
    Santana desconoce la magnitud de las emociones que en estos momentos embargan el corazón de la pequeña. Para ella, fue como entrar a un lugar fantástico, lleno de ensueño y magia, como en los cuentos de hadas de La Fontaine. El hogar que nunca tuvo, que nunca tendría, y que hasta ese momento no había siquiera alcanzado a imaginar. Y resplandeciente como un escaparate recién lustrado, estaba a su izquierda el estante repleto de libros. Pintado de blanco, era, de entre todos los muebles de aquella casa, el más grande y vistoso.
    Un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma (Cicerón)
    Mientras recoge los juguetes desparramados por el escaso piso de la sala, Santana comienza a percatarse del asombro peculiar del que su pequeña invitada está siendo presa. Ella se siente honrada y feliz, feliz por encima de toda felicidad antes conocida, de haberle sido concedida la dicha de entrar a esa casa de muñecas.
    –¿Por qué soltaste mi mano cuando estábamos en la biblioteca? ¿No era correcto aquello? ¿Debe ser un secreto?-
    -Exacto.- Le responde Santana sin titubear, mas no del todo seguro de si la niña logra entender lo que ella misma está diciendo.
    No hay verdades más que las individuales (A. Schopenhauer)
    -Caramba, parece ser que me persiguen esta clase de cosas…- Sofía se sienta en el piso, al lado del estante lleno de libros que aún no deja de admirar. Santana quiere pedirle que tome asiento en el sofá, pero antes de decírselo, lo piensa mejor, y en lugar de ello, se sienta en el piso a su lado. –Toma mi mano otra vez.– Sofía se la extiende y le sonríe. Él la toma entre las suyas. –Tus manos son tibias…–
    Me sentía quieta y vacía como el ojo de un tornado moviéndome sin ninguna fuerza (S. Plath)
    -Siempre he sido un tipo caliente.– Contesta Santana, guiñándole el ojo. -Pero tu mano está húmeda y fría, mi niña. ¿Te sucede algo?-
    -Sí… Tú me hiciste una pregunta, y creo que sería desconsiderado de mi parte, si te creo mi amigo, reservarme de manera deliberada eso que querías saber. Me preguntaste qué me había hecho Dios para que terminara enojada con Él, ¿recuerdas?- Santana asiente. –Pues me ha hecho vivir cosas que no son correctas, y que por ende, debo guardar en secreto. No se las he dicho a nadie. Nunca… El hombre, mi padre, es alcohólico, y todo el tiempo lamenta que yo y mis dos hermanas pequeñas hayamos nacido… Considera un desperdicio criar hembras. Él aborrece sobremanera el tener que trabajar para mantenernos, porque dice que nos engorda como a cerdos para que luego sean otros hombres los que disfruten nuestros cuerpos. En esencia, lo que él sufre y padece es que la sociedad le prohíba acostarse con nosotras, y lo obligue a tener que trabajar para sostenernos. Dios debió haber hecho al hombre estéril, para que no tuviera nunca familia, pero en lugar de eso, sólo dejó que las cosas pasaran, porque allá arriba, sentado en su trono, está muy aburrido, y su único entretenimiento consiste en observar cómo atormenta toda suerte de calamidades a los débiles del mundo. Así que he decidido odiar a Dios. Hubiese sido más sencillo y llevadero el ser atea y negar su existencia, pero no, yo sé que Él existe, puedo sentirlo en lo más profundo de mi corazón. Él existe y está siempre conmigo, a cada instante, en todo momento, Él está a mi lado viéndome sufrir sin hacer nada al respecto, escuchando mis plegarias e ignorándolas sin contemplación. Él no es digno de mi afecto porque no le intereso. Él no es mi amigo. Tú sí te interesas por mí, por eso eres mi amigo, y eres digno de mi afecto. Por eso quiero hablar contigo, y quiero creer en ti. A Él no quiero hablarle ni creerle, no quiero que se me acerque… ¿Por qué las personas se dan abrazos?- Pregunta Sofía, recordando lo que había visto en el patio del recreo, ingenua de la forma tan torpe y por demás inocente con que había cambiado de tema.
    Siempre hay que perdonar a los que sufren (A. Casona)
    -Lo hacen para demostrarse afecto… Sofía…-
    -¿Me das un abrazo?- Le interrumpe con timidez, como preparándose instintivamente a escucharlo decirle que no. Él no responde, sólo le abraza despacio y con cuidado, como se abraza a los niños pequeños.
    -Sofía, tal vez…-
    Homo homini lupus (Plauto)
    -Sé que todo eso está mal. Sé que el hombre está mal, y que ha hecho que mi hogar esté mal. Por eso me siento feliz de que me hayas invitado a tu hogar. Se siente mágico estar aquí. Cuando crezca, quiero tener un hogar así como éste, no como el hogar que me ha dado el hombre… Pero mientras tanto, debe ser un secreto porque no es correcto tener un hogar así, de la misma forma que no es correcto que me tomes de la mano.-
    -No tiene nada de incorrecto que yo tome tu mano, o tú la mía. Es sólo que… algunas cosas que no son malas, también deben ser un secreto.-
    Dios te absolverá en segunda instancia (D. Murcia)
    -¿Por qué?-
    -Porque la sociedad no lo entendería.-
    -Entonces, cuando crezca, arruinaré a la sociedad, obligándola a entenderme so pena de desmontar el orden establecido sobre el desorden consentido, como dijo el poeta, y sumirla en el caos.-
    -¿Por qué no apuestas mejor a transformar la sociedad por medios pacíficos?- Le pregunta a la niña, en serio pero entre risas, acariciando por primera vez el dorado de sus cabellitos cortos.
    -Porque no tengo fe en el futuro.-
    -¿Entonces, en qué tienes fe?-
    Corren tras no se sabe qué, porque el miedo regala sofismas (F. Bastiat)
    -Tengo fe en ti.- Por un momento que pareció intemporal, se miraron a los ojos con ternura suma, como se miran dos extraños que se aferran como náufragos el uno a la mano del otro. -Tú no eres como Dios. Tú nunca me harías daño, ni tampoco permitirías que nadie me lastimara si tuvieses el poder para evitarlo… ¿Me prestas otro libro?-
    -¡Te los presto todos!– Le responde sonriendo, ya acostumbrándose a esta manera ingenua de cambiar un tema a otro. Se pone de pie. -¿Sabes? A mí me gusta poner algo de música cuando llego a la casa, así la escucho mientras recojo, limpio y me organizo para regresar ahorita al colegio.–
    La niña se levanta para verlo tomar unos casetes del interior de una cajita de cartulina.
    No sacar de la luz humo, sino del humo luz (Horacio)
    -¿Trabajas a dos tandas? Eso es mucho trabajo, no tendrás descanso nunca.-
    -No tanto así. Tengo tiempo libre a veces, especialmente los domingos.- Él escoge un casete y lo pone a sonar en la pequeña radio que reposaba pacíficamente sobre el estante. -¿Has escuchado el concierto Lo Cortez no quita lo Cabral?- La niña niega con la cabeza. -¿Alberto Cortez? ¿Facundo Cabral?– Pero Sofía no tenía idea. La radio entonces comienza a tocar…
    A partir de mañana empezaré a vivir la mitad de mi vida…
    Y le encantó. Era la primera vez que la escuchaba, y aquella canción le pareció fabulosa.
    –¡Qué canción tan bonita!- Exclamó.
    -¿Tienes hambre?– Le pregunta, poniendo a calentar su almuerzo en la estufa.
    El hombre murió de no asombrarse (Koldo)
    -Algo, pero no te preocupes, come tranquilo, que cuando llegue a la casa cocinaré para mí y mis hermanas. Es lo que hago todos los días.-
    -¿Tan chiquita y ya sabes cocinar?-
    -Técnicamente y dentro de lo que cabe. Cocino desde que tenía nueve años, porque mami empezó a trabajar para ahorrar dinero y tener una casa donde irnos a vivir, lejos del hombre… ¡Ahora es tu turno!-
    -¿Mi turno de qué?-
    -De contarme tu secreto: ¿qué te hizo Dios para que te enojaras con Él?-
    -Fue hace ya algunos años. Dios y yo ya hicimos las paces… ¿Te tomas una copa de vino conmigo?-
    ¿Dónde estaría el mérito si los héroes no tuvieran nunca miedo? (A. Daudet)
    No sabemos si la niña respondió que sí, o si sólo guardó silencio mientras dudaba. Él tampoco le prestó atención, más bien, sacó la botella del refrigerador y llenó las dos copas con vino tinto mucho antes de que Sofía pudiera siquiera detenerse a pensar en ello.
    -¡Salud!- Brinda Santana, chocando su copa con la de Sofía, siendo este, sin él saberlo, su primer brindis.
    Sentados en el sofá el uno frente a la otra, con las copas y el almuerzo sobre la mesita de centro, Sofía se dispone a probar de este vino el que fuera su sorbo primero, cuando de repente…
    -¡Qué decepción!-
    -¿Por qué? ¿Qué sucede?-
    -Yo pensaba que el vino era una bebida muy apetitosa y deliciosa, pero ya veo que no es como lo imaginaba… ¡Ni siquiera tiene tan buen sabor! ¿Por qué la Biblia habla del vino como si fuera la gran cosa?-
    Santana no pudo menos que despelotarse de la risa. Cuando al fin pudo parar, viendo que la niña no quedó muy a gusto con todo aquello, le explicó:
    -Debí pensar que tal vez no te iba a gustar, eres muy pequeña… Pero por otro lado, es un vino de supermercado, no tiene nada de especial. Hay otros vinos que podrían ser más deliciosos y apetitosos, como tú dices, pero no tengo tiempo para comprarlos.- Le dice, frotando su dedo índice con el pulgar, para dejar bastante claro a qué se refería exactamente.
    El dinero no da la felicidad, pero procura una sensación tan parecida… (O. Wilde)
    -Ya entiendo. Los vinos deliciosos son costosos… ¿Cómo se llaman los vinos costosos?-
    -Bueno, hay varias denominaciones. Están las cavas, los merlot, cabernet sauvignon, chardonnay, malbec, pinot noir, shiraz…-
    -¡Ya sé! Anteayer era tu cumpleaños, y no pude regalarte nada, pero para tu próximo cumpleaños, cuando sea una mujer adinerada y ya no viva aquí en Sabana, voy a regalarte un vino costoso.- Santana le agradeció el gesto, sonriendo y haciendo una divertida reverencia. Pero Sofía hablaba en serio, y así lo denotaban sus expresiones. –Lo juro. Juro que voy a regalarte un vino costoso para tu cumpleaños.-
    -Gracias.- Le respondió sonriente, pero un poco más serio esta vez. Sofía se tomó su vino de golpe, a pesar de todo, considerando que sería descortés de su parte negarse a beber este licor que su amigo le brindara. Santana se terminó su almuerzo, quedando entonces en silencio, agarrando con ambas manos su copa y frotando el borde con la punta de sus dedos. –Mi mamá murió por darme a luz. Mi hermana mayor me contó que a mamá le habían dicho que si me paría, ella se iba a morir. Pero me eligió a mí. Eligió que yo viviera. Así que nunca la conocí… Mi papá me amaba tanto. Era su hijo más pequeño, y me quería muchísimo. Él me adoraba. Recuerdo que yo tenía unos libros, El Capital y otros parecidos escondidos debajo de la cama. Balaguer gobernaba en ese entonces, y a los comunistas se les cazaba como a criminales. Así que cuando papá los encontró, los quemó uno a uno en un anafe y me envió con los salesianos… Sé que lo hizo para protegerme. Lo hizo porque temía por mí. Cuando yo era sólo un bebé, me contó mi hermana, él salió a trabajar y dejó a mi hermano, el más viejo, a cargo de cuidarme mientras mi hermana lavaba y planchaba en la casa de al lado. Pero mi hermano, joven al fin, salió a hacer esquina con unos amigos, olvidándose por completo de mí durante todo el día. Cuando papá regresó, me encontró todo cubierto de mierda, rodeado de moscas, enrojecido, del llanto apenas me quedaba un hilito de voz. Furioso, me llevó con mi hermana para que me aseara y diera de comer, agarró la plancha caliente y con ella partió a mi hermano en la cabeza, en frente de todos. Luego de eso, mi hermano se fue de la casa, y jamás regresó… En una ocasión, cuando papá se iba de viaje a hacer unos negocios en el interior, recuerdo haberme metido adentro de su maleta, para que me llevara consigo… Recuerdo que papá tenía un pantalón fino muy bonito. Era su favorito, y a mí me gustaba mucho, así que un día lo llevó a un sastre para que lo encogiera y yo me lo pudiera poner. No sé qué se hizo ese pantalón… Yo conservaba una camisa de papá. Era la única cosa que pude conservar de él. Pero hace algunos años, para las fiestas de diciembre, un hermano mío tuvo una riña en un colmado, y los tipos con los que peleó quemaron nuestra casa en represalia, y con ella la camisa… Papá murió del corazón. Él se casó de nuevo, con una mujer que le amargó la vida. Él era así como yo, le gustaba hacer chistes y siempre reía, pero cuando ella llegó a su mundo, él sólo se apagó. Su alegría la arrancó de cuajo, discutía con él todo el tiempo, mi madrastra no lo dejaba en paz. Él terminó siendo alcohólico, se destruyó, y un día su corazón… Y me enojé con Dios. Quise apostar al sin sentido, como Camus, y sólo renegar de mi fe. No fue sólo que papá muriera. Fue que lo vi cambiar, lo vi colapsarse, perder su esencia, su luz, y luego sólo explotó hacia adentro, como una estrella cansada, y todo lo que quedó de él… todo lo que me quedó de él, fue nada.-
    Y Erick murió un buen día entre Jesucristo y Damballa Oueddó apagado el pulso del velero perdido en el Sargazo (T. Hernández Franco)
    -Pero luego Dios te dio todas estas cosas maravillosas que tienes, y entonces lo perdonaste, ¿cierto?-
    -¿A qué te refieres?- Le pregunta, mudado el tono alegre de su voz por uno más triste, sin levantar la mirada.
    -Te dio bebés de verdad, para que juegues con ellos y los ames, y puedas ver recreado el amor de tu papá en el amor que les profesas. Si lo piensas bien, en cierta forma, tu papá no murió del todo. Como dijo Horacio, non omnis moriar. Su ser irremplazable, su legado, vive en ti, de tal forma que tú has tomado su lugar, y te volviste él, siendo para tus bebés lo que él fue para ti. Mientras tú vivas, él vivirá, y cuando mueras, ni tú ni él habrán muerto del todo, sino que vivirán ambos en el corazón de esos niños, en el afecto que les prodigaste… Dios fue muy desconsiderado, y cruel, al arrebatarte a tu papá de esa manera tan desgarradora, sin ningún miramiento. Así que te obsequió esos bebés como una forma de disculparse contigo, y que vieras a tu papá volver a la vida en ti mismo, y por eso lo perdonaste, y ya no estás enojado con Él.-
    Alea jacta est (Julio César)
    Y en ese momento, Santana descubrió a Sofía. Así fue, exactamente así, por un instante perpetuo, que esta niña se le manifestó como si ella sola fuese la realidad toda, la más bella contradicción, perfectamente personificada en esta criaturilla adorable y extraña que le hablaba como si de repente las anchuras y los abismos de su propio corazón se hubiesen vistos reducidos a una hojita de papel que ella leía sin dificultad ninguna.
    Cuando se miran de frente los vertiginosos ojos claros de la muerte, se dicen las verdades: las bárbaras, terribles, amorosas crueldades. Se dicen los poemas (G. Celaya)
    -Así es.- Le dice, sonriendo nuevamente. -Perdoné a Dios, porque desde ese momento, no ha parado de darme todas estas cosas maravillosas.-
    -¡Sí, tienes tantas cosas geniales, y cómo te envidio! Tienes todos esos libros para leerlos cuando quieras, no tienes que pedirlos prestados a nadie. Y toda esa música tan bonita que tienes ahí, y tu radio, es tan, chiquita, parece de juguete, ¡me la quiero llevar! Y me gustan tus muebles, y mira qué bonita esta mesita,- Sofía se para encima de la mesita de centro –y este sofá parece de mentira. ¡Y tu casa es chulísima, una monería! Es tan chiquita, siento como si estuviera en una casita de muñecas…-
    -Esa mesa es de vidrio, ¡ven!, se puede romper.- Se apresura a decirle, cargándola por la cintura. Por un momento, la sostiene en el aire, mirándola fijamente a los ojos. Ella es tan liviana, tan delgada, tan pequeña. Su fragilidad lo invade, haciéndolo reo de esta sensación sobrecogedora de que podría romperse si tan sólo la apretaba un poco, como se rompería un suspiro, o una flor hecha de viento.
    Tan cerca, que termino, porque temo estarle haciendo daño con la pluma (C. Marciano)
    -Perdón. No lo pensé…- Se disculpa la niña, no pudiendo haber estado más avergonzada. Santana la coloca despacio sobre el suelo, riendo tanto a causa de este desliz infantil que cometiera su pequeña invitada, como de verla toda enrojecida por la pena que le causara esta travesura.
    -Está bien, no fue nada grave… Sofía, me alegra mucho que te haya gustado tanto mi casa, y me siento honrado por tu amistad. Para mí, es el más grande honor. Te agradezco sobremanera la fe que has depositado en mí, y que me confíes tus secretos, de la misma forma que tú me escuchas y que puedo confiarte los míos. Gracias por prodigarme toda tu sabiduría, aunque no sé cómo lo haces, siendo tan jovencita. Espero que la vida me conceda el privilegio de poder estar a tu lado ese día en que te reconcilies con Dios, y lo perdones, y Él te obsequie tus propios bebés y tu propia casita de muñecas. Mientras tanto, quiero que sepas, que las puertas de mi casa siempre estarán abiertas. Cuando quieras escuchar esas canciones, sólo ven, y yo las pondré en la radio para ti. Mis libros, son tus libros. Puedes venir a buscar cada vez que quieras, y leerlos todo el tiempo que gustes.–
    Lentamente, suelta la cintura de la niña, que aún sostenía entre sus manos.
    A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante (O. Wilde)
    -Gracias.- Alcanza Sofía a decir, casi como un susurro inaudible, y sin embargo presa de una emoción sin nombre. Santana le contesta apretando su nariz y le sonríe, mientras se dispone a recoger el plato sucio y las copas, y llevarlos al fregadero.
    -Y en cuanto a esta casita de muñecas, disfrútala mientras puedas, que ya nos está quedando pequeña, y no estaremos aquí por mucho más tiempo. Los angelitos autores del reguero que recogí cuando llegamos ya están grandecitos, así que Susi y yo estamos planeando mudarnos a un edificio que está a un par de cuadras de aquí, donde tendremos más espacio.-
    -¿Y quién es Susi?- Pregunta curiosa.
    -Es mi esposa. Ella también es profesora, pero da clases en otro colegio.- Le dice Santana, señalando hacia su derecha una pintura de estas que hacían los inmigrantes peruanos a domicilio, colgando en lo alto de la pared, retrato de él junto a los dos niños y una señora llenita de cabello negro, corto hasta los hombros, ojos bonitos, un collar dorado con un dije de ámbar pendiendo de su cuello, y un hermoso vestido azul.
    El poeta dijo que faltaban hombres; pero olvidó que sobraban mujeres para hacer la canción (M. Contreras)
    Ella.
    La señora de cabello negro y ojos bonitos.
    La señora llenita.
    La del vestido azul.
    Tejiendo en torno a ti un eterno secreto que es visible en su invisibilidad (J. W. Goethe)
    Ella era la muñeca de la casa de muñecas.
    Ella…
    Sólo se puede amar sobre la tierra y contra Dios (J. P. Sartre)
    Sofía sintió su corazón crecer e hincharse dentro de ella como el globo del mago de Oz, cual si su pecho en cualquier momento fuese a partirse a la mitad para dejarlo salir, y que flotara por los cielos.
    Un amor a primera vista, un amor eterno (F. Sinatra)

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